La respuesta está en Dios
Vivir en cristiano
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¿Rezar? ¿Para qué?
¡Cuántas veces intentamos “contactar” con Dios y parece que no podemos establecer “comunicación”! ¡Cuántas no recibimos respuesta a nuestras peticiones,… o lo parece! ¡Cuántas tenemos la impresión de que hemos perdido el tiempo, de que no ha pasado nada! Pero quiero haceros tres reflexiones en torno al tema. La primera es que oramos casi siempre esperando una respuesta o, por lo menos, experimentar un sentimiento que podamos interpretar que viene de Él. Y quizás tan importante es que Dios nos hable, que se comunique con nosotros, como, simplemente, que nos escuche. Si nuestra confianza en Él es absoluta, lo importante es estar convencido de que nos ha escuchado. Y saber, sin duda, que su respuesta -si lo considera positivo para nuestra salvación que es lo único que le importa- vendrá en la forma, en el tiempo y en el lugar que le parezca más conveniente… pero vendrá. Y si esa respuesta nunca llega… da igual, no será eso lo que hubiéramos deseado pero sí, con seguridad, lo más adecuado para nosotros. Ante todo, confianza… confianza… confianza… Es cierto. Dios habla menos de lo que nos gustaría. Pero “escucharnos”… eso siempre. La segunda reflexión que quiero haceros es contaros los beneficios intangibles que dimanan de una oración confiada, franca, entregada… Leed la respuesta que alguien daba a quien le preguntaba sobre qué sacaba de rezar cotidianamente a Dios: “Nada… pero déjame decirte lo que he perdido: La ira, el ego, la avaricia, la codicia, la depresión, la inseguridad y el miedo a la muerte. A veces, la respuesta a nuestras oraciones no está precisamente en la ganancia, si no en la pérdida…” (Citado en: www.lacollacuidadora.net) Sí. Es cierto. Yo mismo no saco a veces nada en claro de mis oraciones. Por lo menos, así me lo parece, pero sí es verdad que me vuelvo más pacífico y tolerante (por que mi alma queda invadida de sosiego), más humilde y menos orgulloso (porque de Él depende todo y yo no soy nada, o casi), más conforme con lo que tengo y menos deseoso de lo que no (al poner en sus manos de Padre su Providencia para conmigo), menos depresivo y, por lo tanto, más alegre y esperanzado (al entregar mi vida y mis desvelos en sus manos), menos temeroso de lo que me pueda pasar en un futuro más o menos próximo y ante la muerte siempre imprevisible (porque sólo Dios sabe el cuándo y el cómo, y sé que ello será en el mejor momento para mi alma)… ¿Abuelito nuestro que estás en el cielo...? Porque, de hecho, (y ahí va la tercera reflexión) ¿de quien hablamos cuando decimos “Padre nuestro”?. ¿A quien nos dirigimos realmente? ¿Cómo es ese Dios de quien esperamos obtener el objeto de nuestra plegaria? Clive S. Lewis, el novelista y ensayista irlandés convertido al catolicismo, cuya influencia fue notable en el pensamiento de mediados del siglo XX, es autor de una obra que aun hoy sigue editándose, una clarificadora visión del sufrimiento y su por que. De este conocido libro (“El problema del dolor”) selecciono el siguiente fragmento sobre quien y como quisiéramos que fuera Dios: “...La mayoría de nosotros entiende el amor como benevolencia, como el deseo de ver a otros felices; no felices de esta u otra manera, sino simplemente felices. Lo que nos dejaría realmente satisfechos, sería un Dios que dijera de todo aquello que nos gusta hacer: "¿qué importa, con tal que estén contentos?". De hecho, deseamos no tanto un padre en los cielos, sino más bien un abuelito; una benevolencia senil a la que, como se dice, le "guste ver a los jóvenes entretenerse" y cuyo plan para el universo consistiera simplemente en que, al final de cada día, pudiera decirse, "todos lo pasaron bien". Admito que no muchas personas formularían una teología precisamente en esos términos, pero en el fondo de muchas mentes existe una idea no muy diferente a ésta.” (De «El problema del dolor» de Clive S. Lewis) Si, sería muy fácil: un abuelito. Y ya sabemos como actúan ellos con sus nietos. Pero a muchos les gustaría que fuera así. Alguien que nos consintiera cualquier cosa (¡pobrecitos, ellos, tan humanos!), que nos facilitara todo aquello que nos gustaría tener (una especie de Grandes Almacenes, vaya, con todo a nuestra disposición), que nos evitara cualquier percance, accidente o problema (como si fuéramos eternamente niños)… Pero ¿de qué serviría entonces la vida? ¿Sólo para que intentáramos por todos los medios pasarlo bien hasta el fin de nuestros días, como algunos hacen en la práctica? La vida, hay que repetirlo hasta la saciedad, es sólo un vehículo hacia algo mucho mejor, una academia de aprendizaje humano, un sistema de reciclaje moral y espiritual continuo, una fórmula de crecimiento como personas y, sobre todo, un lugar donde -formando parte del entorno humano en el que nos ha tocado vivir- podamos amar al prójimo. Todo ello con un único objetivo: conseguir que cuando nos toque dejar el mundo alguien nos eche en falta porque le quisimos, porque fuimos alguien importante en su vida, porque dimos y recibimos amor… Y a la postre: para que podamos descubrir al Padre-Dios que nos enseñó (pedagógicas dificultades de la vida incluidas) el camino que nos llevaba de retorno a Él, ese camino que no siempre supimos o quisimos seguir. En este caso, un abuelito no, pero un Padre misericordioso (a pesar de nuestras renuncias y traiciones) que nos amó cada día de nuestra vida, sí.