La respuesta está en Dios
Vivir en cristiano
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De cómo el orgullo se esconde detrás de la mayoría de nuestras faltas… disfrazado de amor propio mal entendido.
Con una sonrisa, pero también valorando positivamente el acierto de sus palabras, leí el otro día este texto de Pierre Descouvemont que obliga a reconocer, con un cierto sonrojo, que éstas son las actitudes que adoptamos muchas veces ante las situaciones de la vida, simplemente por el mero hecho de si somos nosotros o no los protagonistas. Un acertado y agudo análisis de la realidad, de cómo somos y pensamos y de cómo actuamos hipócritamente, muchas veces, sin el menor rubor. Y si no, decidme si no es verdad que… “Cuando él no acaba su trabajo, me digo: Es un perezoso. Cuando soy yo el que no lo acaba, es que estoy demasiado ocupado, demasiado sobrecargado. Cuando habla de alguien es que está murmurando. Cuando soy yo el que lo hace, es una crítica constructiva. Cuando el mantiene su punto de vista, es un testarudo. Cuando soy yo el que lo mantiene, lo llamo firmeza. Cuando se toma tiempo para hacer algo, es un lento. Cuando soy yo el que se lo toma, soy una persona esmerada. Cuando se muestra amable, es que algo está tramando. Cuando el amable soy yo, es que soy virtuoso. Cuando se muestra rápido al hacer algo, es un chapuzas. Cuando se trata de mí, es que soy hábil. Cuando hace algo sin que nadie se lo pida, se mete en lo que no le importa. Cuando hago yo algo que nadie me ha pedido, es que tomo iniciativas. Cuando él defiende sus derechos, es que tiene un espíritu torcido. Cuando yo defiendo los míos, es que doy muestras de carácter”. (Pierre Descouvemont, en “Guía de las dificultades de la fe católica”) ¿También tú has sonreído al leerlo? Seguramente sí, pero reconociendo también que esa es la pura realidad de nuestro carácter y de nuestra forma de ver las cosas, interesadamente, sólo por ese orgullo que a veces nos pierde y que nos vuelve ciegos a la realidad más evidente. ¿Habéis pensado alguna vez cuantas de nuestras faltas son imputables al orgullo o a la vanidad, que muchas veces viene a ser lo mismo?: - Cuando no perdonamos al otro, incluso por hechos de poca importancia, supuestamente ofendidos en nuestro amor propio. - Cuando nos escudamos detrás de una supuesta timidez y no intervenimos en alguna situación por temor a quedar mal. - Cuando nos cuesta reconocer que no supimos hacer algo bien porque en el fondo no supimos hacerlo mejor, dándole la culpa a imponderables con los que decimos que nos hemos topado para así proteger nuestro prestigio personal. - Cuando al volante de nuestro coche nos encaramos y enfadamos con otros conductores, sin querer admitir que no somos infalibles, que a veces somos nosotros los que nos equivocamos y que lo práctico y aconsejable es no querer tener siempre la razón. - Cuando… Y es que vivimos en un pedestal. Muchas veces erigido por nosotros mismos, por nuestro carácter vanidoso, otras por quienes nos “admiran” (y que nosotros aceptamos sin problema). Pero… “Sic gloria transit mundi”. Ese pedestal en el que hayamos vivido no nos reportará ningún rédito en la otra vida cuando tengamos que rendir cuentas, quizás todo lo contrario, pues con probabilidad nos habrá llevado al egoísmo, hijo natural del orgullo. El mundo que conocemos, disfrutamos y, a veces, sufrimos, se compone de dos tipos de personas, o mejor dicho de tres: la primera, aquella habitada por los que alumbran, la segunda compuesta por los que deslumbran y la tercera la de aquellos que ni una cosa ni la otra, que viven con su luz personal apagada (cualquier persona tiene alguna, pero hay quien no la enciende nunca). ¿Dónde preferimos nosotros estar? ¿Preferimos ser una luz que siga iluminando a su alrededor en cualquier circunstancia y adversidad o una más potente y deslumbrante, pero totalmente ficticia, que cuando se vaya la corriente eléctrica -o sea, en los momentos “poco brillantes” de la vida- se apague inmediatamente? Nuestro progreso como personas inmersas en una sociedad de otras gentes debería centrarse, básicamente, en este plan de acción: “Tendríamos que vivir y trabajar de tal manera que lo que recibimos como una simiente, pudiéramos entregarlo a la próxima generación como una flor, y lo que recibimos ya florido, entregarlo como un fruto. En eso consiste el progreso”. (Henry W. Beecher, clérigo, orador y predicador estadounidense) Para que ello sea posible es evidente que no hay que deslumbrar a los que nos rodean, como algunos luchan por conseguir durante toda su vida, sino que hay que dar la suficiente luz -de hecho reflejar la recibida de Dios- como para que los dones que éste nos haya hecho podamos convertirlos en algo bueno. Si todo es brillo momentáneo pero falso, nada crecerá -ni flor ni fruto- en nuestras manos. En fin… que nuestro “yo” es mucho “yo”. Somos un poco como dioses de mentira. Creídos de nosotros mismos, casi perfectos. Por eso necesitamos ser puestos en nuestro lugar de seres débiles e incompletos necesitados de los demás. Dios se sirve a veces de ciertas situaciones nada agradables, en forma de contratiempo o de aparente adversidad, para conseguir precisamente eso: colocarnos en nuestro sitio. Aunque cueste admitirlo. Una lección a aprender. Y mejor hoy que mañana.