Apreciado incrédulo: Se dice que el hombre vive de su esperanza. Y es cierto. Sin esperanza no hay futuro. Aunque a veces cuesta tenerla cuando las cosas parecen ir torcidas y que no llevan a ninguna parte porque cada día van a peor. Pero “todo se pasa y la paciencia todo lo alcanza”, como dijo Santa Teresa. Por eso, hazme/hazte este favor: Ten esperanza. ¿En qué? En ese Dios que aun no has descubierto. Somos millones y millones los que vivimos de esa esperanza de futuro eterno y feliz. ¿Nos hemos equivocado todos? Somos demasiados, no es posible una equivocación colectiva y multitudinaria de ese tamaño. ¿Qué hay en la fe que nos ha convencido a tantos? ¿Por qué contra toda racionalidad lógica, creemos a pesar de todo? No te estarás perdiendo algo muy grande por no querer entender, por no confiar, por no usar de la esperanza? Y si nosotros creemos ¿Por qué tú no? San Ignacio de Loyola decía refiriéndose a los santos: “¿Y si ellos sí… por qué yo no?” No te asustes, no te estoy pidiendo que te hagas santo de la noche a la mañana, todo es un camino. De momento sólo te pido que intentes comprender. Que intentes seguir el ejemplo de los creyentes de la religión más numerosa del mundo. Parafraseando a San Ignacio podríamos decir ahora: ¿Y si nosotros sí, por qué tú no? De ahí que haya escrito para ti esta reflexión. Como ya habrás supuesto va de esperanza…
La respuesta está en Dios
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Cartas a un incrédulo
ESPERA…
ESPERA… Y conjuga en todas sus formas el verbo. “Esperar”. Que viene de esperanza. Porque esperamos siempre. Cada día uno tras otro. Minuto a minuto incluso. De esperar pende nuestro futuro. Es verbo de porvenir. De mañana. O de dentro de un rato. Esperamos aquello que deseamos. Deseamos aquello que nos espera. Siempre y cuando sea bueno, claro, o que así nos lo parezca. Indomables exigentes. No equivoques tu esperanza, mejor hazlo en sintonía con ese Dios del que no estás convencido. Por probar. No pierdes nada en intentarlo. Porque la espera cuando es ilusionada comporta motivación, ánimo, estímulo… Y la esperanza, optimismo. Espera en Él. Que no sabes tú lo que te conviene de verdad, pero Él sí. Espera y pide que te acompañe en el camino de la vida, que sea tu guía. Para no perderte en disquisiciones equivocadas que no llevan a ninguna parte. Espera, ahora y en este tiempo, que te haga entender lo que desea de ti. En el fondo, para no tener que decidirlo tú, que tantas veces no sabes hacerlo. Como yo. Espera que al abrir los ojos, mañana por la mañana, tus seres queridos estén bien, aunque los mayores sigan con sus achaques. ¿Qué le vamos a hacer? Lo importante es que estén. Espera también cosas sencillas: el café de las ocho, la rebanada de pan de hogaza del desayuno con aceite de oliva, el queso o el jamón... Pequeños -y permitidos- placeres de cada día. Espera los gritos de los niños al entrar en la escuela vecina, sinónimo de alegría y futuro, aunque a veces no te dejen ni pensar. Espera la lluvia que lava, el sol que calienta, el viento que refresca, la simiente que brota. Fugaces testimonios del Eterno que te iría bien vislumbrar. Espera -y pide- la ausencia de sufrimiento moral (que es el peor). Que del otro va a haber sin duda. Espera la normalidad. Si ya tienes una cierta edad diría que incluso la rutina. La paz en suma. Espera en su magnanimidad. Para que te abra los brazos cuando ya no estés por aquí. Espera “tan alta vida”, como decía Santa Teresa, (aunque pueda sonar a presunción), que nadie consiga arrebatarte la esperanza. Espera en la esperanza. De que por fin el género humano asegure la vida a los glaciares y las especies. Espera, y confía, en que estemos aun a tiempo de revertir el declive de nuestra sociedad… y de la Tierra tal como aun la conocemos. Espera que la humanidad, al fin y de una vez por todas, aprenda de lo que le toca vivir y viva de lo aprendido. Espera, y cree, en el pequeño milagro de cada día, aquel que aun no sabes ver a tu alrededor pero que de hecho te trae los aromas de Dios. Y que puedas tener la sensibilidad suficiente como para saber percibir ese aroma en tu vida y en la de los demás. Espera que no se atrofien tus capacidades emocionales, más bien que aumenten, que las de los sentidos, van a ir a peor seguro. Ley de vida. Espera… y poco más. Como decía Angeles Caso: "Necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito poco" Espera, en definitiva, que nadie ni nada maltrate tu confianza en el futuro, ni tu esperanza en la humanidad y, aunque tú no lo sepas, en la acción plenipotenciaria de Dios en el mundo. ¡Confía! Y espera… y sigue esperando… y espera siempre.
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