¡Qué mal material escogió Dios para la obra máxima de su Creación! Barro, simple barro. Claro que, tratándose del Omnipotente, esa fue una elección hecha a posta. Los seres humanos éramos la guinda de la Creación (si me permitís decirlo así), su paradigma, el máximo exponente, aunque eso no quiere decir que tuviéramos por ello que ser perfectos. Dios nos concibió tal como somos, seres limitados en todos los órdenes, a punto para la excelencia pero con un grado menos que ella para que fuéramos dignos del regalo que nos prometía como colofón de nuestras vidas. Lo expresó así Guillermo de San Teodorico: “Si nos amaste primero fue para que pudiéramos amarte, no porque necesitaras nuestro amor, sino porque de no amarte no podríamos llegar a ser lo que Tú quisiste que fuéramos”. (Guillermo de San Teodorico. De: “Tratado sobre la contemplación de Dios”) Por eso, ni su incipiente iglesia del siglo primero, la formada por sus primeros discípulos, fue constituida por gente perfecta: estuvo formada por seres humanos que se habían mostrado dubitativos, incoherentes, desleales en ocasiones, incomprensibles a ratos, violentos a veces... (eso sí, al final de sus vidas llegarían a la santidad). ¿Te acuerdas de Pedro? Negó conocer a Jesucristo, le traicionó tres veces. Y Él, sin embargo, le nombró el pastor de los suyos... Quizás porque, a pesar de todo, sabía que iba a poder capitanear su grey de la mejor manera posible de entre el grupo de sus discípulos. Él, en su infinita sabiduría, vería en Pedro las dotes que no vio en los otros discípulos para que fuera el primero de la larga lista de doscientos sesenta y seis papas que han desempeñado ese cargo hasta el día de hoy, en directa linea sucesoria de aquel Pedro que conoció a Jesús en persona. Y así, después de dos mil años mal contados, su Iglesia llega a nuestros días habiendo tenido un crecimiento cuantitativo de creyentes inmenso. Crecimiento que sigue teniendo, en cifras absolutas, a nivel mundial. Y habiendo pasado por todo tipo de venturas y desventuras, por toda clase de aciertos... pero también de errores. Afortunadamente, la fe (y con ella, los sacramentos) no depende de quien la gestiona, aplica o administra. Está por encima de eso. Faltaría más. El dominico Bernard Bro concreta la afirmación con estas palabras: “Lo que vuelve lejana la Iglesia a los ojos de algunos es, precisamente, lo que nos salva: que el bautismo es siempre el bautismo, que el "Credo" es siempre el "Credo", la misa siempre es la misa, y la absolución es siempre la absolución, sean cuales sean las imperfecciones y el estado del alma de aquel que celebra y transmite... El amor de Dios no ha querido que la salvación pudiera verse comprometida por la mediocridad de los cristianos”. (Bernard Bro. De “¿Pero qué diablos hacía Dios antes de la creación?”) Y es que Dios está por encima de personas, personajes y personajillos. La entonces Presidenta de “Manos Unidas” (en 1994) Ana de Felipe, entrevistada por Josep M. Gironella, respondía así a una de sus preguntas: “El cristianismo no ha fallado, los que hemos fallado muchas veces hemos sido los cristianos”. (Ana de Felipe, ex-presidenta de Manos Unidas. Una de las “Ocho opiniones” entresacadas del libro “Nuevos cien españoles y Dios” que ilustran una entrevista de Josep Maria Gironella publicada en el periódico “La Vanguardia” en 1994) A pesar de que la historia de la Creación seguirá escribiéndose con los defectos y virtudes inherentes a la raza humana incluidos y que, en ella, hombres y mujeres seguiremos tropezando, equivocándonos y traicionando nuestra dignidad de seres creados por Dios, los que creemos en Él disponemos de un sistema infalible para volver al “punto cero”, para hacer un “reset” de nuestra conciencia: un arrepentido “lavado” de nuestra alma, vía sincera aflicción y arrepentimiento, en la misericordia de Dios (léase: Sacramento de la Reconciliación). No es precisamente un cristiano quien dijo eso, pero las siguientes palabras nos las podríamos aplicar los que lo somos: “Nuestra mayor gloria no se basa en no haber fracasado nunca, sino en habernos levantado cada vez que caímos”. (Confucio, filósofo chino. Citado en “Diccionario de escritores y poetas latinoamericanos 2004” de Carmen L. Gismondi y Felipe A. Mateos) Aunque en ese levantarse de nuevo tiene mucho que ver el propio Dios. No es un mérito nuestro sólo, no, es el propio Creador quien no quiere perdernos y nos da una nueva oportunidad... y otra... y otra... y otra... Permitidme decirlo así (y no estoy de broma): Dios actua como un GPS: independientemente de que le hagamos caso o no, Él estará siempre intentando reconducir nuestro camino al cielo, «recalculando» la ruta, cuando nos equivoquemos o estemos a punto de hacerlo. Pondrá delante nuestro quizás un encuentro fortuito con una persona, una circunstancia inesperada, una vivencia emotiva, una lectura esclarecedora, un comentario oído sin querer en una conversación ajena, una escena de una película…, para que nos demos cuenta y podamos reconducir el camino a seguir. O como dijo Juan Manuel Cotelo, Director de «La última cima»: “Dios   utiliza   un   libro,   una   sonrisa,   un   gesto   de   amor,   una   persona   sufriente   a   nuestro   lado,   un   milagro portentoso   y   repentino,   una   obra   de   arte,   una   casualidad   aparente,   un   accidente,   incluso   se   sirve   de   un pecado nuestro para conquistarnos”. (Juan Manuel Cotelo. Cineasta. De una entrevista en “Alfa y Omega”). Y ello, como remedio a nuestros fallos al no hacerle caso al GPS, pues Él ya nos enseñó el camino gracias a su propio camino, el que recorrió en la tierra por todos. ¡Qué hondura tiene la historia del amor de Dios, viniendo a redimirnos de nuestras faltas al hacerse uno de nosotros! Así se le entiende mucho mejor, se nos hace más próximo, más entrañable, más comprensible... “Lo difícil no es aceptar que Cristo sea Dios; lo difícil sería aceptar a Dios si no fuera Cristo”. (J. Malegue, escritor francés. Citado por José Luis Martín Descalzo en “Vida y misterio de Jesús de Nazaret”) Efectivamente, si Dios no hubiera sido Cristo nos hallaríamos sólo ante el Dios del Antiguo Testamento, un Dios severo, más lejano, a veces un tanto difícil de comprender para nuestras entendederas humanas,... el Dios de nuestra infancia para aquellos que peinamos canas o ni las tenemos ya. Pero no, quiso Dios ser Cristo desde la misma Creación: “Dios ha querido salvarnos. Abordamos aquí uno de los puntos más trascendentales del misterio cristiano que no debemos reservar para un círculo de iniciados porque plantea nuestra razón misma de existir. ¿Podemos decir que Dios ha querido tener que salvarnos? A primera vista sería muy normal escandalizarse de que Dios haya querido tener que salvarnos; con una mano creando al hombre, con la otra abriendo una "trampa" en la que éste no dejaría de caer para que Dios tuviera el placer de sacarle de ella. Cuando se trata de Dios corremos siempre el riesgo de prestarle una psicología humana, inadecuada y grosera. Es comprensible, pero no es una razón para no decir nada. Decimos de Dios que ha creado para su gloria y por amor, expresiones que, si las comprendemos mal, conducen a evidentes caricaturas: Dios creando para que lo admiremos y deleitándose con los vapores del incienso; o bien Dios creando, al contrario, porque tiene necesidad de nosotros y se aburre en su soledad. Si la tradición cristiana ha conservado no obstante estas expresiones es porque tienen otro sentido más profundo y más difícil al que hay que tener el coraje de acceder. Así sucede con la afirmación de que "Él ha querido tener que salvamos". Decidido a respetar la libertad de sus criaturas (y eso es un misterio, lo contrario sería indigno de Dios), Él no podía "ignorar" (esto también sería indigno de Dios) lo que resultaría del mal uso de esta libertad. Después de Cristo, la reflexión de la Iglesia se esfuerza por conciliar correctamente esta previsión infalible con el respeto a una libertad enteramente real. En este tiempo afirma lo uno y lo otro, y sostiene con San Agustín que Dios no habría permitido jamás el mal si no hubiese sabido extraer de él un bien mayor. Ha querido pues permitir el mal porque ha visto que ofreciéndonos la salvación nos ofrecía más de lo que el pecado nos hacía perder. Ha querido, por tanto, tener que salvarnos sin que hubiera ahí más trampa que la de la libertad misma. Si no se caricaturiza esta visión de las cosas por un antropomorfismo un tanto grosero, la podemos encontrar difícil, puede sobresaltarnos, pero es difícil reducirla a una "tontería", pues fuerza a admitir que la salvación será siempre superior a las ideas que nos podamos hacer de ella”. (Bernard Bro, dominico. De “Pero ¿qué diablos hacia Dios antes de la creación?”) ¡Dios ha querido tener que salvarnos!. De esa forma dignificaba aún más al ser humano, al hacerse Él, el mismísimo Dios, uno más entre nosotros. Somos la culminación de su obra, el leitmotiv de su Creación, su ilusión... y su preocupación. Somos alguien inmensamente importante para Él. Tanto que toda esa creación y la vida misma fueron concebidos para servirnos de hábitat. Con ese único objetivo, supeditado todo al hecho de nuestra existencia. Desde la más pequeña partícula de polvo hasta el mayor de los seres vivos, todo fue hecho como escenario de la vida humana y para que ésta se desarrollara y expandiera. Un regalo inmenso pletórico de amor inmenso. Es por ello que la misericordia de Dios sobrepasaría su justicia hasta hacerle prevalecer aquella por encima de ésta, sin que eso significase, ni por un momento, que dejase de ser total y perfectamente justo. Porque, ¡cuidado!, la misericordia de Dios, pienso, llegaría hasta el límite donde su justicia podría sufrir menoscabo y dejaría de ser plena. No más allá. André Manaranche, jesuita francés, lo expresa así: “Si el "Dios celoso" del Antiguo Testamento (...) requiere alguna explicación, si el "Dios vengador" nos repugna, (...) tiene que suceder lo mismo con un Dios senil sobre el que Nietzsche y Heine han ironizado; ese "padrazo" que está implícito en la objeción "Si hubiese un Dios bueno, no pasarían estas cosas". Y esto no es menos ambiguo. La desmitización necesaria de un Padre terrorífico no debe hacernos olvidar que la severidad no queda totalmente abolida por el amor, a menos que se trate de una pura comedia...”. (André Manaranche, jesuita francés. Citado por Rafael de Andrés en “MAS QUE PADRE”) No hay misericordia perfecta y plena que no sea, a la vez, justa, a riesgo de convertirse en blandenguería bonachona muestra de un paternalismo inconveniente. Como dijo Santo Tomás de Aquino: “La justicia y la misericordia están tan unidas que una sostiene la otra. La justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia es ruina, destrucción”. (Santo Tomás de Aquino. Teólogo, filósofo y Doctor de la Iglesia. De “Catena Aurea”) Siendo como es la suma de todas las perfecciones posibles, Dios posee ambos atributos al máximo nivel, compaginando, con divina excelencia, su extraordinaria misericordia con su intachable justicia. Suerte tenemos de que sea así, porque sabemos que aunque nuestra actitud general sea de rechazo del pecado, débiles como somos nos traicionaremos a nosotros mismos y fallaremos. Es la condición humana. Barro, simple barro. Pero, entonces, ¿cual es nuestra posibilidad? ¿Cómo podemos minimizar al máximo los efectos negativos que para nuestra salvación pueda tener esa inacabable secuencia en que se van a alternar constantemente pecado y arrepentimiento, caída y levantamiento? ¿Qué podemos hacer para seguir siendo siempre dignos de la gran promesa de Dios, aparte, como es lógico, de incorporar en nuestro día a día una consciente y decidida voluntad, siempre inevitablemente herida por nuestras flaquezas, de no volver a tropezar en las mismas piedras? La solución la hemos expresado ya en otras páginas de esta misma web porque es vital tenerlo claro. Pero repitámosla una vez más: es en una actitud auténtica de amar sin medida a propios y a extraños y más allá del amor que podamos imaginar ahora que somos capaces de dar, donde reside nuestra fuerza. Es ahí donde podemos obtener el premio de la carrera de la vida, como expresan las siguientes palabras del Padre Lataste: “El premio de la carrera y la palma de la victoria no son para aquel que nunca ha caído, sino para aquel que ha corrido más lejos”. (Padre Lataste, dominico. Citado en la web: www.lataste2012.org, que se hace eco de los libros de Jean-Marie Gueulette, dominico: “Sermons. Vol 2” y “Prêcheur de la miséricorde”, sin que quede claro a cual de ellos corresponde la cita mencionada) No es un precio excesivo el que hay que pagar. Lo evaluó así San Agustín: (la vida eterna) “está en venta, se puede comprar. Y ¡no pienses que tiene un precio elevado! Vale cuanto tienes”.  (San Agustín. Del “Sermón 127”. Citado por Francisco Fernández Carvajal en “Vida de Jesús”) ¿Qué es lo que tenemos todos por un igual, algo de lo que podemos disponer a voluntad y sea cual sea nuestra condición social?: El AMOR. Todo el mundo puede dar amor ya que todos somos millonarios potenciales en eso. Se trata de impregnar de amor, de amor fraterno, nuestras vidas, tanto sea en el trato cotidiano con aquellos semejantes que constituyen nuestro entorno habitual: familiares, vecinos, compañeros de trabajo, amigos... como con aquellos que nos son desconocidos pero con los cuales nos cruzaremos en cualquier momento en el camino de la vida y que necesitaran algún tipo de ayuda, quizás, simplemente, comprensión, compañía, un oído atento a lo que digan, una mano dispuesta a sostenerles y ayudarles, una mirada cariñosa, una sonrisa afable, un testimonio de paz, una palabra balsámica a punto... Aunque, bien pensado, no basta con esperar a cruzarnos con ellos de manera fortuita en algún momento de nuestra vida, se trata, más bien, de ir a encontrarles, poniendo un rostro a tantas y tantas necesidades de amor como sabemos que existen. Están ahí, esperándonos... esperándote.
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