Testimonio personal: “De pronto, un día, todo empezó a encajar. Y las preguntas a tener respuestas”
Testimonios
La respuesta está en Dios
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Tenía 49 años. Recibí un regalo impresionante. Te hablo de la fe. Directamente desde Dios. De hecho, de alguna forma la deseaba -aunque sin darme cuenta objetiva- en el transcurso de mis treinta y tantos incrédulos años de despistado espiritual. A pesar de no ser creyente, pensaba que serlo debía de ser algo muy especial, algo bueno y positivo. Y por ello, en esa fe y a pesar de mi mismo -por decirlo de alguna manera-, quise que se educaran mis hijos. Yo no podía creer, quizás como alguno de los lectores de esta web (¡Ay, tantas preguntas y tan pocas respuestas!), pero envidiaba (de buen talante, claro) a quien lo hacía. ¡Que patética estampa la del que sospecha pero no ve, la del que intuye pero no distingue, la del que presiente pero no percibe! Pero un día ocurrió ... No sucedió, como en otros casos relatados en esta misma web, en formato enorme resplandor. No pasó en plan revelación repentina. No ocurrió, como le sucediera a Didier Decoin, echándome por tierra. Pero pasó. De pronto, un día, todo empezó a encajar. O casi todo. Y las preguntas a tener respuestas. Me fueron dadas lógicas, me fueron regalados razonamientos, me fueron ofrecidas deducciones e hipótesis posibles. Respuestas en suma. Estoy, en aquellos días, en los albores de un nuevo convertido. O, mejor dicho, de alguien que está en camino de serlo (nunca se convierte uno totalmente). Consumo... devoro... persigo... todo tipo de lectura que me explique más: José Luis Martín Descalzo, San Agustín, Pierre Descouvemont, Bernard Bro... y, por supuesto, los Evangelios. Sí. Todo tiene un porque. Una razón de ser. Incluso diría que una lógica. O, por lo menos, una hipótesis plausible, que concordando con la doctrina de Jesucristo hace que todo, o casi, encaje. Como en un rompecabezas. Y se me ofrece a mi. Precisamente. Y me pregunto: ¿Por qué? ¿Será por aquel Jueves Santo en el que con los ojos humedecidos veía desfilar en pos de su Eucaristía, radiantes y en paz, a tantas personas de las que -tengo que confesarlo- sentí envidia sana? ¿Será por aquel libro (“El Más Allá existe”) que me demostró con hechos que sí, que realmente hay algo más allá de la muerte, testimonio de un padre que había perdido a su hijo? ¿Será por aquellas canciones compuestas por mi e interpretadas en radio, en televisión o en los discos, en las que en alguna - sin proponérmelo conscientemente- hablaba de Dios y de sus cosas? Sea por la razón que sea, espero un día saber el porque. En la otra vida ya. Culminó en aquella Eucaristía del reencuentro que para todos los que nos acompañaban era la ceremonia festiva y acostumbrada en día tan señalado como el de mis bodas de plata de casado, pero que para mi tuvo, además de esta, una significación muy especial: era, después de 32 años mal contados, mi vuelta al abrazo de mi Padre, el del cielo. Mi retorno cual moderno hijo pródigo. Una experiencia transformadora: no puede vivirse emoción tan inmensa e intensa y seguir siendo el mismo, pasar por el resto de la vida como si tal cosa, sin que la dicha de experimentar su Amor te cambie. Y es que haber hecho la “experiencia de Dios” en propia alma, no puede suceder en balde, tiene que empaparte el espíritu. En eso de la fe Dios ha querido que anduviera un camino inverso al que han seguido habitualmente la mayoría de personas. Ellas transitaron de la fe a los razonamientos, y yo de éstos a la fe. Aunque, a Dios gracias -nunca mejor dicho-, ahora puedo afirmar que yo también disfruto de esa fe que ya no necesita argumentos, una fe integrada tanto en mi alma como en mi mente. Dios ha querido darme a conocer, al fin, la fe más profunda, más íntima, aquella que se vive, se siente, se disfruta… y basta. Puede ser también vuestro camino para aquellos que no creéis. Un sacerdote, cuenta el cardenal Laghi, vivía esa experiencia que os cuento con esta intensidad: Al terminar una cena, en un castillo ingles, un famoso actor de teatro y cine entretenía a sus invitados declamando textos de Shakespeare. Después se ofreció para hacer lo mismo con otros textos. Un sacerdote le preguntó si podría declamar el Salmo 23. - 'Sí que lo recitaré, pero con la condición de que después lo recite también usted', respondió el actor. El sacerdote accedió. El actor hizo una interpretación bellísima con una dicción perfecta: - 'El Señor es mi pastor, nada me falta, etc...’ Los invitados, al terminar, aplaudieron vivamente. Después le tocó el turno al sacerdote. Pero esta vez, al acabar, no hubo aplausos, sino sólo un profundo silencio y el principio de algunas lágrimas... El actor se quedó un rato callado. Después, se levantó para decir: - 'Señoras y señores, confío en que ya se deben de haber dado cuenta de lo que ha pasado aquí y ahora. Yo me sabía el salmo 23 y recité su texto, pero este sacerdote, además de recitar el texto, conoce al Pastor'”. (Citado por J. M. Alimbau en “Palabras para momentos difíciles”) Si los incrédulos, en algún momento de vuestra vida tenéis la sospecha, simplemente eso, de que Dios es la Verdad y la única meta de la vida, pedidle vivir esa “experiencia”. Él desea dárosla. El día que le halléis, no entenderéis porque esperasteis tanto a buscarle.
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