La respuesta está en Dios
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¿Cual es nuestro papel en el mundo?
“Yo soy yo y mi circunstancia”, dijo Ortega y Gasset. Una frase que el filósofo madrileño publicó en sus “Meditaciones del Quijote” y que todos hemos oído o leído en alguna ocasión. Nunca antes había encontrado mejor explicado, resumido de forma lacónica -en sólo seis palabras- y sin embargo tremendamente clara, algo que comprendí con total certidumbre hace ya algunos años, anteriormente proclive -como la mayor parte de la gente- a quejarme en primera persona de lo que me sucedía y que conjeturaba, en aquel entonces, de “negativo”. Entendí, y la vida me lo ha ido confirmando día a día, que las cosas que me ocurren a mi no son sólo “para mi”, son, también, para quienes me rodean, ya que pueden tener tanta transcendencia para mi como para ellos. ¿Cuántas veces hemos oído lamentarse a alguien (por una desgracia, una contrariedad, una enfermedad...) con la expresión “¿Por qué a mi precisamente?”, reflejo de un cierto individualismo que no tiene en cuenta que vivimos en comunidad y que ese problema del que nos quejamos va a tener incidencia, normalmente importante, en las personas que conviven nuestra vida de una u otra forma. Van a tener que cambiar su existencia, la tendrán que adaptar, sí o sí, a la nueva circunstancia, algo externo físicamente a ellos, pero cercano, muy cercano, en la implicación que se verán moralmente “obligados” a llevar a cabo. Ortega y Gasset conceptuó así, con la frase que da título a esta página, que la vida de uno no sólo depende de si mismo (el “yo”) sino, también, del entorno-hábitat que le engloba (la “circunstancia”). Y añadía que éste entorno «forma la otra mitad de mi persona». Por ello, esta frase del eminente filósofo me sirve para objetivar esa certeza: mi vida y lo que en ella suceda puede tener tanta importancia personal para mi como para los que constituyen mi proximidad, mi cercanía... y no sólo hablo en términos físicos. No estamos solos. Y por lo tanto, cualquier cosa que pase en mi entorno ocurre también para mi, cualquier cosa que me suceda a mi ocurre también para los de mi entorno. “Yo no me pregunto por qué a mí, sino para qué a mí”. (Juan Diego Alarcón. Ecuatoriano. Enfermo de “Distrofia muscular Duchenne” desde los tres años, una enfermedad que debilita los músculos hasta hacerlos tan débiles que dejan de sostener el cuerpo, deforma las extremidades poco a poco, y lleva a problemas respiratorios, del corazón, etc. Hoy es un valorado cantante. Del portal “Catholic.net”: http://es.catholic.net: “La voz va más allá de las estrellas”). El concepto que Juan Diego Alarcón resumió en pocas palabras en esta cita, como resultado de una vivencia personal, lo había expresado a mediados del siglo pasado Thomas Merton, el monje trapense, de esta forma: “Todo hombre es un pedazo de mí mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago, para ellos y con ellos y por ellos lo hago también. Lo que hacen, en mí y por mí y para mí lo hacen. Con todo, cada uno de nosotros permanece responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. (...) Nada, absolutamente nada tiene sentido, si no admitimos, con John Donne, que "los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del todo"”. (Thomas Merton, nacido en Francia. Convertido al catolicismo se hizo monje trapense y sacerdote, afincándose durante muchos años en los Estados Unidos. De: “Los hombres no son islas”. Citado en la web: www.novabella.org) Pongo tres ejemplos en plan hipótesis plausible, tres situaciones que pueden convertirse en reales en cualquier momento: La primera podría ser tener que vivir la pérdida de un hermano, en un accidente de coche, el día menos pensado. Lamentablemente algo que sucede demasiadas veces en nuestra sociedad. Si eso ocurre, intentaré sobreponerme a ello lo antes posible, sí, pero mi esposa y mis hijos tendrán que colaborar en ello para que lo consiga, acompañando mi dolor y procurando que olvide lo más rápidamente que pueda el luctuoso suceso. Puedo ponerme, también, gravemente enfermo en cualquier momento. Intentaré salir del bache anímico y aceptar la situación lo antes posible, sí, pero será mi entorno afectivo el que va a sufrir también las consecuencias de mi dolencia, pues tendrán que ayudarme en lo básico, vigilar mi estado físico, cuidarme, levantarme el ánimo... También puedo un día quedarme solo en casa, medio imposibilitado, sin familia y a avanzada edad, pero serán algunos de mis vecinos y conocidos los que se verán moralmente “obligados” a ayudarme -por lo menos en lo básico- si eso ocurre, porque aunque no tengan ninguna obligación directa sí van a tener el deber moral de no dejarme abandonado a mi suerte, de procurarme la ayuda y el servicio mínimo que todo ser humano necesita en esas circunstancias... O son todos ellos, en los tres ejemplos, unos impresentables seres humanos. En resumen y a lo que voy: mi circunstancia global, o sea, el entramado de personas, situaciones y sentimientos en el que estoy metido, tiene una importancia vital para mi y forma parte, íntegramente, de cualquier cosa que suceda en mi vida. En mayor o menor grado. Por todo lo que antecede, resulta de enorme importancia tener una visión “abierta” de las contrariedades y adversidades de la vida en general. Porque no es viable una concepción antropocéntrica personal de nuestra existencia centrada en cada uno de nosotros, en el “yo”. No conduce a nada positivo. Es en esa dinámica perniciosa cuando nos quejamos ante los contratiempos de cualquier tipo sólo valorando lo que nos arrebatan, nunca suficientemente lo que nos aportan a nosotros mismos y a nuestras “ramificaciones sociales” de personas metidas en un entramado humano lleno de otras gentes. Xavier Le Pichon, científico francés, nos aporta esa visión “abierta” de las adversidades de la que acabamos de hablar, en estas respuestas a la revista francesa “Panorama”: “Cuando se selecciona una parte que es mala y se la saca de la totalidad no se comprende nada. Hay que tomarlo todo en su conjunto. Yo no digo que ante un sufrimiento como el que ha habido en Kobé no se sienta un gran dolor, pero, a la vez, el hombre no sería el que es si no hubiera aprendido a sobrepasar este sufrimiento y esta muerte, y a sobrepasarlos no individualmente sino colectivamente. Yo creo que la sociedad humana está construida sobre eso. Dios ha confiado la tierra al hombre, se la ha confiado con sus problemas y el hombre tiene que acabar la creación”. “Haciendo suya toda esta parte de dificultad, de sufrimiento, de acompañamiento hacia la muerte, el hombre llega a ser hombre. A partir del momento en que el hombre acepta tomar la carga del que sufre, de la persona herida, ella cambia y la sociedad también. La característica de una sociedad humana es que tiene capacidad de hacerse cargo de los que sufren”. “No es sólo el propio sufrimiento, es, por encima de todo, el sufrimiento de los demás el que nos hace cambiar. En la medida en que se toma el sufrimiento de los demás en cuenta, en la medida en que se acepta dejarlo entrar dentro de uno mismo, cuando la tentación delante del sufrimiento es el miedo, el deseo de huir, entonces es cuando se vive una transformación radical. Yo lo he visto no sabría decir cuantas y cuantas veces”. “Tomemos un ejemplo muy concreto. El de una familia en la que hay una persona anciana cada vez más difícil de atender. Cuando se la tiene dentro de la familia y se hace por ella todo lo que haga falta, se constata, muy a menudo, que la familia se transforma, que se vuelve más y más humana”. “Es el misterio de la persona "herida" que si es rechazada se convierte en un escándalo y puede caer en cosas horribles, pero que si es acogida llega a ser la transformadora de su entorno y de la sociedad. Frente a quien sufre, si le quitáis el sufrimiento ¿que le queda? Eso pasa, a menudo, a las personas que están en la fase terminal de su vida. Si les dais la impresión de que el sufrimiento es inútil lo que hacéis es abominable, no les queda nada. Si por el contrario esta persona descubre que aporta algo a los demás, que los otros son felices de estar con ella, que comparten con ella, que ella les transforma, entonces pasa algo de muy profundo”. (Xavier Le Pichon, científico. Publicado en la revista francesa “Panorama”) He intentado describir un aspecto de la cuestión que me parece se olvida siempre, o casi. Porque acostumbramos a evaluar las dificultades de la vida como algo que sólo nos atañe a nosotros. Y no es así. De hecho, esa implicación de nuestras dificultades, contratiempos y sinsabores en la existencia de los demás es algo que todos ya conocemos en la práctica, la propia vida nos lo demuestra y nos aporta ejemplos a diario, pero creo que era necesario evidenciarlo, objetivarlo, traerlo al primer plano consciente, formularlo explícitamente, para tenerlo siempre presente. Aunque, no lo olvidemos, el protagonista principal de nuestra vida vamos a ser cada uno de nosotros, no seremos en ella ningún actor invitado, sino el personaje capital e insustituible. No vamos a poder transferir a nadie lo que nos suceda, tendremos que vivirlo nosotros, en primera persona y sin poderlo esquivar. Por ello, la primera aceptación de lo aparentemente negativo que nos suceda debe ser la nuestra. Por pura lógica: mal vamos a ser “desveladores”, detonadores de algo positivo en las personas que nos rodean, si nosotros mismos somos los primeros en no aceptarlo, en esconder la cabeza bajo el ala y en no aprovechar la adversidad de que se trate para nuestra propia transformación. Nuestro desmoronamiento moral podría ser la causa del de los demás. Y eso, por supuesto, no es de recibo.