La respuesta está en Dios
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Pero... ¿que es eso de la fe?
Ha llegado el momento de abordar un tema fundamental, de hablar de aquello que resulta ser, al fin y al cabo, lo más importante a llevar en nuestra mochila, como equipaje, para la vida futura. Porque todas las intuiciones o evidencias que, en mayor o menor grado, puedas encontrar en esta web, son el vehículo que te puede llevar a aceptar y comprender, en lo más profundo de tu intelecto, la certeza de la creencia cristiana..., pero aún falta la gasolina, el componente energético necesario para seguir adelante, la vitamina que nos hace fuertes, verdadera y espiritualmente fuertes: La fe. ¡Difícil cometido ese de explicarla! ¿Cómo puede contarse una sinfonía si no es oyéndola? ¿Cómo puede describirse un paisaje maravilloso si no es viéndolo? ¿Cómo puede transmitirse una emoción si no es sintiéndola? Esa dificultad la expresó magistralmente Unamuno: “La fe es un hecho en los que la poseen y disertar sobre ella los que no la tienen es como si una sociedad de ciegos discutiera acerca de lo que oyeran hablar de la luz a los videntes”. (Miguel de Unamuno. Filósofo y escritor español. De “Obras completas. Vol. VIII. Autobiografía y recuerdos personales”) Soy consciente de que es una labor prácticamente imposible. Porque yo mismo la contemplé a mi lado, durante veinticinco años, en la persona de mi esposa y sin poderla asumir. Cuando yo le preguntaba: ¿Pero... qué es eso de la fe?, ella, invariablemente, me respondía que no sabía explicármelo, que era algo que se siente, que se vive, que se tiene. Y punto. Como podéis suponer esa respuesta no me servía de nada. No podía entender qué cosa era algo que se sentía, que se tenía, pero que no era posible explicar. Hasta que yo mismo la recibí. Ahora yo también puedo afirmar: sí, la fe que se siente en lo más profundo del corazón sin pasar por la mente, la que no se razona pero, sin embargo, se está seguro de ella, no se puede explicar. Es un regalo directo de Dios. Yo espero que a través de las páginas de esta web puedas recibir, quizás, alguna luz, por pequeña que sea, sobre los temas que en ella tratamos. Te argumento muchas cosas intentando responder algunas cuestiones, quizás haya podido sacudir tu mente y tu corazón en mayor o menor medida,... pero la fe de verdad vendrá luego. Porque la fe que puedas vislumbrar después de leer algunas de estas páginas podríamos llamarla, por denominarla de algún modo, “fe técnica” (la que puede ser razonada, comprendida por el intelecto, argumentada por la lógica). Pero sólo es eso (aunque también ¡ya es mucho!). A no ser que Dios haya estado actuando en ti ya, claro. Si no es aún así, no lo dudes, si en mayor o menor medida sientes y aceptas de verdad ese indicio de fe, esa luz que puede haberse encendido en tu alma, si dejas que te ilumine, aunque sea incipientemente como lo hace una vela en la oscuridad, Dios te dará la otra. Aquella que no necesita de argumentaciones, aquella que no tiene que ser ni explicada ni explicable, aquella que no siempre es “razonable”, pero, eso sí, envuelve, aglutina y consolida todas las certezas o intuiciones que hayas podido adquirir en estas páginas. Como uno de esos postres de gelatina que tienen, en su interior, trozos de fruta. Esos trozos serían los argumentos que hayas podido aceptar como ciertos; la gelatina -la fe- la argamasa que los consolida. Hablo de una fe “natural”, nada razonada, básicamente intuitiva, nunca complicada. No dimana de las evidencias y certezas que tengas sobre la cuestión de Dios, pero las compacta, las unifica, las cohesiona en un todo. La fe suele ser, generalmente, el resultado de una búsqueda más o menos consciente. Por ello, hay que andar tras ella con la decisión de Ingmar Bergman, el famoso cineasta sueco, plenamente convencidos de que Dios es la respuesta y, en consecuencia, una vez asentada esa base sólida e imprescindible, que el resto es sólo cuestión de desearla, buscarla y esperarla (eso si, prestando atención, diría más, estando expectante a las señales de Dios que puedan presentarse en nuestra vida para que no se nos escapen): “Mis temas son siempre Dios y la soledad. Busco a Dios constantemente, rabiosamente, porque sé que sin Dios la vida no tiene sentido y desemboca en la más espantosa soledad”. (Ingmar Bergman, cineasta sueco. Citado por Rafael de Andrés en “MAS QUE PADRE”) Tengamos siempre presente que ese periplo en pos de Dios es un viaje feliz, ya que es deseado. Puede costarnos más o menos tiempo y esfuerzo, pero un viaje hacia algo bueno que se desea fervientemente no es nunca negativo. Después, cuando se le conoce, cuando se ha vivido la experiencia de Dios, no se le olvida. Al contrario, la mayor dicha reside, en esta tierra, en estar cerca, espiritualmente cerca, de Él. Y para Dios también. De nosotros. Porque eso es precisamente lo que más desea: “Todas las religiones son vías por las que el hombre se acerca a Dios. Son múltiples. La religión cristiana es única, pues es Dios quien encuentra al hombre”. (Paul Evdokimov. Teólogo y filósofo ruso. De “Las edades de la vida espiritual”) Es el de los cristianos, por lo tanto, un Dios muy cercano, que toma la iniciativa y viene a mitad de camino a encontrarnos, que no fuerza a nada, no obliga, sólo propone, sugiere, invita. Un Dios que tomó partido por el género humano en la Creación y al hacerse presente entre nosotros en su venida redentora a la tierra. Aunque muchas veces no se le quiera o no se le pueda encontrar, ofuscados como estamos por un pragmatismo y por un vertiginoso “día a día” muy poco favorable a la interiorización, a la meditación de las cuestiones espirituales, a encontrar la fe de verdad.. Por eso, la argumentación racional, intelectual, puede ser la puerta de entrada: “Mi posición siempre ha sido igual: la razón conduce inexorablemente a Dios”. (Gregario Marañón. Del prólogo escrito para “Guía médica del intérprete de milagros y favores”, libro de Fermín Irigarai) Con ella, con la razón, intentamos enfocar esta web, aunque en estas líneas nos hayamos adentrado en un terreno poco “razonable”: la fe. No puedo decirte cual es su composición, su fórmula. Desconozco el porcentaje que corresponde a la que hemos llamado “fe técnica”, por ponerle algún nombre, y cual a la fe vivida, sentida, interiorizada, pero no explicable. Intuyo, eso sí, que no para todos la proporción es la misma (aunque hay quien tiene suficiente sólo con esta última).  “La respuesta está en Dios” está dedicada a que tus posibles reticencias mentales se derrumben o, por lo menos, se tambaleen, a que encuentres las “razonabilidades” de la creencia cristiana. A que fiado de las intuiciones “lógicas” que hayas podido vislumbrar en estas páginas te dejes llevar ahora por el vendaval de Dios, te dejes invadir por su inmenso amor, te sientas, por fin, como un nuevo Indiana que consiguió alcanzar, esta vez sí, su Santo Grial, y aceptes experimentar la fe en estado puro. Déjate llevar por Él. Siempre está ahí, con nosotros, dentro y alrededor, a un lado y al otro, antes y después de todo... esperándonos. Ese Dios capaz de todo, medicina “calmante” para el alma (sin otro excipiente que su amor inmenso), experto en misericordia, fabricante de felicidades... Todo ello, para conocer una felicidad que ni sospechas: la más completa y verdadera, la única capaz de darte la energía necesaria para transitar esperanzadamente por la vida al sentirte heredero de una promesa inmensa: la dicha eterna, para siempre. Millones lo viven, millones lo saben, millones disfrutan ahora de esa felicidad aquí, en la tierra, aperitivo de la del más allá. Como Juan Luis Guerra, que no necesita otra medicina que esa para encontrar la paz: “Dios es mi ansiolítico porque todos mis padecimientos se pasaron cuando le descubrí, cuando me confié a él. Lo tenía todo, pero estaba vacío. Cuando el corazón está lleno de ansiedad, está enfermo, el cuerpo enferma y eso fue lo que me pasó. (...) Fue una época muy dura, pero sí, Jesucristo me dio la tranquilidad”. (Juan Luis Guerra. Compositor y cantante dominicano. De una entrevista de Silvia Grijalba en el magacín de “El Mundo”; citado en la web: www.novabella.org) Ve y pregúntales.  Una de las cosas que más me impresionó en mis primeros tiempos de convertido fue que al frecuentar algunos conventos y monasterios encontraba en ellos, nueve veces de cada diez, a gente absolutamente feliz y totalmente en paz. Aquellos que habían entregado a Dios su vida, su existencia terrena, habían sido dotados de una alegría que brotaba a sus rostros de forma espontanea. Risa fácil y sonrisa en ristre. Confieso que fue para mi una grata sorpresa, precisamente cuando esperaba encontrar en sus caras justo lo contrario, es decir, la triste marca de la soledad, el aburrimiento y, quizás, la desmotivación. Y confieso, también, que ello me cuestionó profundamente sobre mi propia vida. ¿Qué sentido tenía tal como la tenía planteada? Pero Dios me rescató, Él me dio la respuesta... Sí, Dios existía, me amaba tal como era y sólo me pedía que yo le amara a Él (y por lo tanto al prójimo, por extensión) ¿El premio si aceptaba?..., inmenso, inconmensurable, mayúsculo. Así de fácil,... así de provocador (y prometedor) para quien, hasta entonces, había estado pensando todo el tiempo en si mismo. Él era esa certeza de Claudel, de Frossard, de Decoin,... (los hallarás en la sección “Testimonios”) aunque no se hubiera manifestado en mi vida de forma tan “espectacular” pero sí de manera igualmente cierta. Dicho en dos palabras: “Él era”. Y sigue siendo hoy, “a Dios gracias”.