La respuesta está en Dios
Noticias de Dios
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La gran excusa del no creyente:

llamar “casualidad” a lo que es “Providencia”

En ocasiones he explicado, a quien me quisiera oír, ejemplos de la intervención de Dios en la vida de los creyentes, de mi mismo, de miembros de mi familia, de gente que conozco suficientemente bien como para creer a pies juntillas en ellos. Casos que podría etiquetar de “espectaculares” y que vistos individualmente podrían parecer imposibles. La reacción a la atónita escucha de los ateos, agnósticos e incluso de los cristianos tibios a esas demostraciones divinas es indefectiblemente siempre la misma: “¡Qué casualidad!”; una imposibilidad manifiesta de otorgar a Dios y a su Providencia el beneficio -por lo menos- de la duda. Cuando algo increíble ocurre se debe -dicen- a “una casualidad”, sin pensar ni por un momento que pueda serlo por una explícita voluntad del Divino Proveedor. Puedo entender que quien no tiene incorporado el sentido religioso de la vida en su mente y/o corazón tenga, a bote pronto, esa reacción. Puedo comprender que para mucha gente Dios es alguien lejano en quien ni creen ni dejan de creer -simplemente, no lo conocen-, al no topárselo constantemente en sus vidas como sí nos ocurre a los cristianos que, habiéndolo incorporado en nuestra alma, sabemos reconocerlo cuando se expresa de alguna forma en nuestra existencia. Pero cuando los “hechos extraordinarios” ocurren con profusión dentro del mismo grupo humano, uno de aquellos que se han entregado por completo a Dios (como, por ejemplo, una comunidad religiosa), no hay ninguna posibilidad estadístico- matemática que pueda explicarlo. Se sitúa, según esta forma de medir científica, en el campo de lo imposible. No llega ni a hipótesis de trabajo. Y es que tiene que haber otra respuesta… y la única posible es Dios. Y su Providencia. ¿Cuál sino? Dios ha dado y da a quien se entrega por completo a Él muchas muestras de presencia en su vida. Porque se trata simplemente de eso: si tú le das tu vida por entero: tu tiempo, tus motivaciones, tus actividades, tus ilusiones, tus ocios, tu vida en suma… Dios te colma, Dios te “habla”, Dios se hace patente, Dios te devuelve el ciento por uno… (Mateo 19, 29: “Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna.”) Está escrito. Lo dijo Jesús. Y cumple. Sé de que os hablo, lo he visto, lo he vivido, me he quedado atónito ante la profusión de ocasiones en que Dios se manifiesta presente en la vida de quien le ha entregado todo. Por ejemplo, y siempre referido al mismo grupo religioso: cuando se necesitan 1.700 ladrillos para construir una capilla y se recibe exactamente -sin solicitarla claro-, una donación de 1.700 ladrillos; cuando se necesita agua porque no se tiene ni una gota, pero se ha construido ya la infraestructura que permita gestionarla y sorprendentemente llega un camión cisterna que se perdió buscando una dirección, lleno del líquido elemento, cuyo conductor decide libremente, tras una petición en este sentido del grupo, verterlo ahí sin cobrar nada; cuando en el transcurso de un viaje desde el norte (muy al norte) al sur (muy al sur) de Francia, con salida y destino comunes pero itinerario en auto-stop libre (en dos grupos de dos), cuatro monjes coinciden al cabo de unas cuantas horas en alguna parte del inmenso mapa de Francia en la misma población y lugar exacto y junto a un hombre que necesitaba aquel día una ayuda espiritual como la que ellos le pueden dar, cuando unas monjas de misión por Rusia tienen que coger un tren pero no tienen dinero y se lo encuentran (el importe exacto) en el suelo… Y son sólo cuatro ejemplos de entre una buena colección de hechos extraordinarios… Muchos otros podrían explicarse aquí referidos a personas que individualmente han recibido muestras de esa Providencia de la que hablamos, hombres y mujeres diversos que sin pertenecer a ningún grupo religioso de ningún tipo, reciben también algún “regalo” de la Providencia. Pero he querido centrar los ejemplos en una sola realidad grupal de creyentes ”entregados” por una sencilla razón: la posibilidad estadística de que esos hechos se produzcan con profusión dentro de un mismo grupo de personas son nulas y, por lo tanto, su única explicación sólo puede hallarse colocando a Dios como protagonista principal de los hechos. El azar, la casualidad, no funciona así... por simple imposibilidad matemática. Claro que si vuestra confianza en mis palabras no es lo suficientemente grande, podéis pensar que me invento todas estas cosas. Os sugiero, entonces, que si lo queréis comprobar por vosotros mismos os acerquéis a uno de estos grupos, conviváis con ellos todas las veces que podáis, lleguéis a conocerlos bien… para que os enteréis de qué os hablo. Veréis, vosotros también, que Dios se manifiesta plenamente a aquellos que le aman tanto como para entregarle la vida y para los que nada es más importante que Él. Lo dicho: devuelve el “ciento por uno”. Si lo hicierais así, contadme, por favor. Será interesante saber cómo habéis comprobado que: “La casualidad y la buena suerte son nombres de la Divina Providencia”. (Nicolás de Chamfort, moralista francés. (De la web: “pensamientos.org”)