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El episodio de las

bodas de Caná… o

de porque los católicos

rezamos más a María

que a su propio hijo Jésús.

La respuesta está en Dios
Si no eres católico, quizás te importe poco la Virgen María, la madre de Jesús. Pero déjame explicarte lo que representa para los que sí lo somos. Déjame contarte la extrema importancia que tiene en nuestras vidas espiritual y vivencialmente hablando. Déjame que te hable de lo que podría llegar a hacer por ti… si creyeses en ella, claro. La primera y principal razón que responde la cuestión del encabezado es: porque hemos experimentado en nuestra propia vida que pedir (rezar) algo a María da, casi siempre, el fruto deseado, es decir, la obtención de aquello que solicitamos (ese «casi siempre» tiene una razón de ser que te explico más adelante). Los católicos no perderíamos el tiempo orando a quien no pudiera hacer de mediadora eficaz con Dios, si no hubiéramos experimentado en nuestra propia existencia que sí lo hace. Pero si se me permite decirlo de esa forma, pienso que, también, hay quien reza a María con un punto de astucia (derivado de la constatación del hecho que más abajo os explico), para así conmover el corazón de Jesús mediante la ternura del de María. Total, como sabemos que María es una efectiva intercesora aprovechamos, en consecuencia, esa -digamos- “ventaja” rezándole casi más, muchas veces, que a su propio hijo o al Padre: nuestras principales oraciones son el Padrenuestro, dirigido a Dios Padre, y el Avemaría, dedicado a la madre de Jesús, pero recitamos, generalmente, muchas más veces la segunda que la primera. Si sumamos las oraciones que los católicos acostumbramos a rezar a lo largo del día (aunque eso es una generalización, habrá quien lo hará diferente), comprobaremos que las oraciones a María superan con creces las que dirigimos a Dios Padre, al Espíritu Santo o a Jesucristo. Sólo en el Rosario rezamos 50 avemarías por sólo 5 padrenuestros. La razón de fondo, seguramente no objetivada en la mayor parte de casos, es un evangelio en concreto, un episodio del principio de la vida de Jesús adulto que sustenta y avala lo que digo sobre la idoneidad de la oración a María... Pero será mejor que me explique… El episodio de los evangelios que revela, con claridad, la obediencia que Jesús tenía con su madre y la influencia que ésta tenía sobre su hijo, se encuentra en el Evangelio según San Juan, capítulo 2, versículos 1 al 11. Fue así: En Caná, ciudad de Galilea, se celebraron unas bodas a la que asistieron Jesús, con sus discípulos, y su madre. En un momento dado se acabó el vino, un producto esencial en un festejo que duraba, aproximadamente, siete días. Una boda, en aquel entonces, era un evento de relevante repercusión social, donde gran cantidad de gente podía participar, sin que tuvieran que ser necesariamente parientes o amigos de los contrayentes. Por ello, el vino no podía terminarse antes de la finalización de la fiesta y, si eso ocurría, iba a significar un gran descrédito para sus organizadores o que fueran tildados de tacaños, por haber escatimado en algo tan vital para la fiesta como era el vino. Dicho esto, prestemos atención ahora, sin perder coma, al diálogo que se establece entre madre e hijo, entre María y Jesús y tengamos en cuenta que hasta entonces éste aun no había querido manifestarse como quien era en realidad, que de hecho tal episodio resultaría ser su primer hecho “público”, el primero que le daría a conocer a las gentes, aquel que iniciaría una larga serie de hechos extraordinarios que jalonarían su vida justo a partir de aquel día. “Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: 'No tienen vino'. Jesús le responde: '¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora'. Dice su madre a los sirvientes: 'Haced lo que él os diga'. ¿Os habéis dado cuenta? Es un diálogo truncado, inacabado. Como si faltara algo. Esta no es una conversación normal. Por parte de María no hay ninguna contraargumentación, ningún razonamiento, ninguna insistencia a la evidente negativa de su hijo, es más, ni la simple petición. Tras el “no tienen vino” ella sólo dice, a los sirvientes, “haced lo que el os diga”, pero a su hijo ni le replica. ¿Cómo interpretar la frase de Jesús “Todavía no ha llegado mi hora”? ¿No equivale, de hecho, a un 'no' claro? Pero María, sabiendo quien es su hijo y, sobre todo, “cómo” es su hijo no duda un sólo instante que cumplirá sus deseos. No se inmuta... se vuelve a los sirvientes y les pide que hagan lo que Jesús les diga, totalmente convencida de que su hijo va a hacerle caso y evitará el fracaso social de aquella boda proveyendo el vino que falta. ¿Entendéis ahora el papel fundamental que María tiene sobre la voluntad de su hijo? ¿Entendéis que si su madre se lo pide Jesús no puede negarse a nada (por lo menos, la mayor parte de las veces)? Y ahí viene la explicación que os anuncié al principio sobre el «casi siempre» o el «la mayor parte de las veces»: Él, Jesús, puede decir 'no' (y así lo hace a veces) a cualquier petición nuestra cuando sabe que decir 'si' no nos beneficiaría espiritualmente, ya que lo único que le importa es nuestra Salvación eterna. ¿Cuántas veces ruegos que nosotros consideramos que no tienen nada de perjudiciales, que creemos que no pueden reportarnos ningún perjuicio, no son escuchados por Jesús, porque Él, que lo sabe todo por adelantado, conoce que concedérnoslos sería de alguna forma un impedimento de algún tipo para nuestra Salvación? Aunque no lo entendamos de momento, anclados nuestros pies en la perspectiva limitadísima del hoy, sin posibilidad de conocer el resultado, las consecuencias, a la larga, de eso que pedimos. Pero si su madre, su propia y queridísima Madre se lo pide… ah! a eso le cuesta mucho más negarse, (seguramente -digo yo- porque siempre encuentra otra forma de conseguir nuestra Salvación sin tener que negarse a esa petición en concreto de su madre).  María es la gran mensajera, la gran mediadora, la gran abogada de todos. Yo mismo he podido experimentar (uno más entre millones de católicos que también lo han vivido) esa “eficacia” de la oración a María, esa mediación, esa prerrogativa de la madre de Jesús. Volviendo a la respuesta de Jesús: la expresión “¿Qué tengo yo contigo, mujer?”, literalmente corresponde a “¿Qué a mi y a ti?”, semitismo bastante frecuente en el Antiguo Testamento, que se utiliza para rechazar una intervención que se juzga inoportuna (aclaración de la Biblia de Jerusalén). El resto del evangelio supongo que ya lo conocéis: “Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: 'Llenad las tinajas de agua.' Y las llenaron hasta arriba. 'Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.' Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: 'Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora'”. En aquel momento y lugar Jesús efectúa su primera manifestación ante las gentes. Ahí empieza su “fama”, ahí empieza su historia pública, ahí empieza a desgranar su mensaje, como se dice en el versículo 11:  “Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos”. Pero aquí he querido hacer hincapié especial en que pedirle algo a María supone siempre un plus en cuanto a las posibilidades de que el corazón de Jesús, movido por la mirada de María, su madre, ceda con mayor facilidad. Esa es la respuesta al razonamiento -lógico por otra parte, pero no realista- de que «pudiendo rezar a Jesús directamente… ¿por qué hacerlo a su madre?» que alguna vez he escuchado. Y no es, por supuesto, porque Jesús nos quiera menos (¡dio su vida por nosotros!), sino porque el corazón de una madre como María es más condescendiente, sobre todo el de ella, madre de la ternura como es, y, por ello, su deseo de hacernos de intercesora y mediadora con su hijo es enorme. Y los deseos de su hijo de complacerla… infinitos. Se demostró en Caná de Galilea hace dos mil años y sigue siendo así desde entonces en la vida de muchos católicos. Hoy y siempre.
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«Las bodas de Caná» de Julius Schnorr von Carolsfeld, expuesto en la Kuntshalle de Hamburgo (Alemania)