La respuesta está en Dios
El Evangelio contado a los incrédulos

El extraño caso de los doce hombres

cobardes que se convirtieron

en héroes de hoy para mañana

Hay un episodio en el Nuevo Testamento (segunda parte de la Biblia, aquella que habla específicamente de Jesucristo y de los tiempos inmediatamente posteriores a su presencia física en el mundo) que resulta crucial para entender de qué va esto de la fe. Frente a aquellos que niegan la resurrección de Jesús, frente a aquellos que ponen en duda su filiación divina, este episodio que ahora os voy a contar y que hallamos en los “Hechos de los Apóstoles” es demostrativo y una razón sin paliativos para comprender porque de aquellos primeros doce hombres acobardados y escondidos por temor a las persecuciones y a las represalias, han podido salir los mil doscientos millones que hoy nos llamamos católicos. Ellos, tras vivir -y sufrir- en primera persona el “fracaso” de Jesús en la cruz: Imagínate la situación. Estamos en el año 33 de nuestra era, en una tierra sojuzgada y dominada por el imperio romano y habitada por los judíos, el pueblo que, desde siempre, está esperando al enviado de Dios que los libros sagrados anunciaron. Pero en aquellos días hay quien dice que ya está entre ellos. No se habla de otra cosa que de alguien a quien unos consideran el Mesías esperado y otros un farsante. De alguien que entre la clase dominante no es reconocido como aquel a quien se aguarda, básicamente por miedo a perder el estatus religioso, político o social. Se le vigila, se le teme, por la influencia que pueda tener sobre el pueblo. A los ojos de los poderosos de aquellos días, su poder de atracción con las masas es tan grande que si se le ocurre erigirse como un libertador político van a haber problemas. Es fácil prever disturbios y levantamientos populares. Piensan, por tanto, que lo mejor es apartarlo de las calles, aunque sea por la fuerza, para evitar conflictos. Unos por convencimiento de que sólo puede ser quien algunos afirman que es: el Mesías, los más por curiosidad en busca de espectáculo, el caso es que en los últimos tiempos se está hablando mucho de Él y su poder de convocatoria con las gentes crece cada día más. Los que mandan en los estamentos de poder de aquella sociedad no quieren permitir eso y deciden terminar con él. Y así sucede. Le prenden, con nocturnidad, le “juzgan”, por llamar de alguna forma a los pseudojuicios que como reo le obligan a tener con autoridades judías y romanas, le sentencian, acobardados por el clamor popular y buscando evitarse problemas que sólo les podrían acarrear dificultades y dolores de cabeza. Y le matan... Imagínate, ahora, la situación de sus apóstoles. El desconcierto que invade sus alteradas almas. De golpe, aquel líder, aquel jefe de quien habían visto grandes cosas y del que esperaban ver aún muchas más, se hunde. Es más, se deja prender por la soldadesca romana sin oponer ninguna resistencia. Y no se defiende... Llevado de lado a lado por las calles de Jerusalén, escarnecido, agraviado, insultado, maltratado,... le ciñen una corona de espinas en la cabeza, le hacen arrastrar un pesado madero, le azotan inmisericordes, le escupen, le insultan... pero continua sin defenderse, sin zafarse de sus captores por un acto de fuerza y poder, como seguramente la mayoría de los que creen conocerle espera que haga. Le clavan en una cruz de madera, le hacen pasar por un terrible suplicio, un tormento atroz sólo reservado a los peores delincuentes. Y lo acepta... Y se da... Y muere. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible? Aturdidos por los acontecimientos sus seguidores más próximos no están con Él. Juan es el único de sus apóstoles que da la cara, que le acompaña al pie de la cruz. El temor les invade, el miedo a seguir la suerte de su líder les puede más que la estima que sentían por Él. Se ocultan. Cobardes, como demuestra aquella misma noche, hace sólo unas pocas horas, su discípulo más cualificado: Pedro. Dice no conocerle cuando por tres veces y, eso sí, en un contexto hostil, le preguntan si es o no amigo, compañero del reo. Se esconden, se encierran... Según el evangelio de Juan (20, 19), donde estaban “cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos”. Lo dicho: llenos de temor por sus vidas. Reacción totalmente humana, por otra parte, pero incoherente para quien ha visto y sabe tanto. ¿Han olvidado sus palabras, han olvidado sus obras? No. Seguramente sólo tienen una duda inmensa sobre el significado de lo que han vivido esos últimos dos años y pico. Una pregunta planea sobre ellos: Pero... ¿como puede haber terminado en el más absoluto fracaso la vida de aquel que se identificaba tan plenamente con el mismo Dios, aquel que obraba tantas maravillas, aquel a quien muchas veces no comprendíamos, pero que “entendíamos debía de ser” el Mesías que esperaban nuestros antepasados y nosotros mismos? Es fácil imaginar el miedo que les embarga a ser prendidos, torturados y muertos igual que Jesús lo ha sido. Mejor es estar quietos y callados, escondidos en un lugar más o menos seguro. Después, paulatinamente, llevarán a cabo sólo actividades nada llamativas, muy normales de su cotidianidad. ¡Menudo fracaso! ¡Vaya final más inesperado! ¡Qué enorme desilusión! Han pasado cincuenta días. Déjame decirlo así: ¡Explota el cristianismo! De golpe. Los apóstoles se lanzan a evangelizar el mundo. Contra viento y marea, corriendo toda suerte de peligros y afrontando las más que probables persecuciones, encarcelamientos, torturas y muertes (como su propio Maestro, Jesús de Nazaret). Son unos nuevos hombres: sin el menor atisbo de miedo, sin temer a nada ni a nadie, llevados por un viento impetuoso que impulsa sus pies a marchar por todas partes hablando de Jesucristo y de sus enseñanzas. Decididos a todo, pase lo que pase, pese a quien pese. De hecho, todos excepto uno morirán mártires. Ellos lo saben cuando se lanzan al mundo a llevarle el mensaje de Cristo, pero no les importa... porque ahora SÍ SABEN. Pero... ¿que ha podido pasar para que se haya producido cambio tan espectacular en sus mentes y en sus corazones? Nos lo cuentan los Evangelios y el libro de los “Hechos de los Apóstoles”, que les sigue cronológicamente: Jesucristo, tras su muerte, tras su aparente derrota, se aparece en repetidas ocasiones a diversas personas (y tal cual lo cuentan los libros mencionados, las enumero): a las “santas mujeres”, a los discípulos de la población de Emaús, a María Magdalena y, en varias ocasiones, a los apóstoles: “Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios”... ..."seréis bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días"... ..."recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra". (“Hechos de los Apóstoles”, cap. 1, versículos 3, 5 y 8). Y efectivamente, durante la fiesta de Pentecostés, diez días después de esos cuarenta en que le vuelven a ver, le oyen, come con ellos, le habían podido tocar (conocido episodio de Santo Tomás), e incluso le ven ascender al cielo, se produce el hecho definitivo que faltaba, el broche de oro, hoy diríamos “el Master”: el conocimiento y la sabiduría definitivos que se infunde a los apóstoles mediante la acción directísima del Santo Espíritu de Dios. Transcribo a continuación el texto del libro de los “Hechos de los Apóstoles” donde se describe el episodio, escrito por uno de los evangelistas: Lucas. Hay que leerlo y meditarlo con la mente centrada en el relato, imaginando, reverencialmente, aquel momento. Porque, ¡atención!, es el momento álgido en el que se “activa” el cristianismo. Entremos en situación y si por algún momento nos estremecemos es que hemos comprendido la hondura, el “vértigo” (como diría en vida mi admirado José Luis Martín Descalzo) de momento tan trascendental en el devenir de la historia humana y, por lo tanto, de la nuestra en particular. Este es el relato, sintetizado, de los hechos: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido, la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: "¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues, ¿cómo cada uno de nosotros los oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios." (...) Entonces, Pedro presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: (...) "Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó, librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio." (...) "Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís." (...) ...dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: "¿Qué hemos de hacer, hermanos?" Pedro les contestó: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro" (...) Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas”. (Hechos de los Apóstoles, 2, 1-41)   Es el momento culminante. Todos los miedos, todas las dudas, todas las indecisiones, todas las cobardías, han sido barridas, de golpe, por el propio Dios, que infunde a los apóstoles los dones y la sabiduría de que carecían y que ellos testimonian ¡hablando la lengua de cualquiera que se encuentre allí, haya llegado de donde haya llegado! (y la lista es muy amplia, como enumera el texto evangélico), pero también, evidentemente, como prueba irrefutable de la Verdad sobre aquel a quien habían seguido y de quien habían sido discípulos. Es el Espíritu Santo de Dios el que viene en su auxilio. Él quien les evidencia la respuesta a la gran pregunta que se estaban planteando, comunicándoles, con ella, la fuerza y la decisión que les faltaba. Con ese bagaje se lanzan a evangelizar el mundo. En un ambiente totalmente hostil y preparados para cualquier tipo de contratiempo en forma de persecución, cárcel y martirio, pero con el fuego de la fe en su corazón. Porque ahora sí, ahora ya están seguros: Aquel que murió en la cruz, en lo que pareció un fracaso monumental de su vida, es ahora quien alumbra al mundo desde el sepulcro vacío de su resurrección; aquel cuyas palabras, entrecortadas por el dolor, se oyeron hace cincuenta días en el monte Calvario, es ahora quien va a proclamar a los cuatro vientos, por boca de los apóstoles, el mensaje de paz, de gracia, de gloria, de amor, que Él había predicado por aquellas tierras; aquel que fue escarnecido, maltratado, ultrajado como hombre, va a ser, desde ahora mismo, proclamado y adorado como Dios. Con el tiempo, reconocido como tal, también, por millones y millones de seres en todos los confines de la tierra. Es precisamente ese ponerse en camino, esa evangelización que inician los apóstoles contra viento y marea lo que demuestra la veracidad de la iluminación y certeza que reciben. Porque sólo algo así podía darles las alas suficientes para afrontar una forma de vida que les tiene que llevar, inequívocamente (y ellos lo saben), a un martirio y una muerte seguras por anunciar aquello sobre lo que ahora, por fin, tienen total certidumbre. En este caso, el resultado avala los hechos. ¿Quieres mayor demostración de su historicidad? No se funda algo tan grande sobre una mentira. Y sólo por la más pura lógica: toda la complejidad y maravilla que representa esa extraordinaria creación que es el universo y sus seres vivos y que culmina en el género humano, es demasiado grande, demasiado inmensa, como para que su explicación, su sentido, su desarrollo, su objetivo, hubiera podido terminar en fracaso, en el fracaso de un mensaje que habría quedado perdido y olvidado en las páginas de unos libros que quizás aún hoy se estarían llenando de polvo en alguna estantería de biblioteca antigua.
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